¡Espartanos!

// Enero 14th, 2010 // Uncategorized

Desperezarse en un lunes es siempre co300.Leonidasmplicado. Si además me asomo a la ventana y veo ese cadencia lenta, incesante y constante de la fina lluvia; ya no es que sea complicado es espeluznante.

Ajusto mi corbata, recojo mi maletín y me dirijo a mi oficina como si fuera mi último día de trabajo de vendedor para esta maltratadora multinacional para la que sólo soy un número de sus treinta y dos mil empleados en el mundo. El ERE, al contrario que a mis compañeros de producción,  no me afecta de momento.

Hago mi planning semanal y concierto mis citas. Salgo por una puerta trasera para no cruzarme con los compañeros que negocian en ese momento con la empresa las condiciones de su trabajo o de su paro. El encuentro con ellos me produce cada vez más   zozobra.

Tengo un desplazamiento de apenas veinte minutos al polígono donde está la empresa de mi posible cliente. Cuando llego a mi destino me encuentro con una imagen que se me hace familiar: un cartel y unas decenas de trabajadores detrás pidiendo justicia para su  propio ERE. Pienso que lo mejor es largarme. Llamo desde mi móvil al responsable de compras y me dice que está dentro y que pase sin mirarles mucho. Queriendo ser un espejo de sus semblantes, pongo cara de circunstancias para que me vean identificado con sus miserias y atravieso la maraña humana tejida frente a la puerta.

Una secretaria con amabilidad desprendida y con actitud desacompasada con las circunstancias de sus compañeros de la pancarta, me acompaña a la sala de espera y me invita a un café de máquina que acepto gustoso.

El jefe de compras entra, me aprieta la mano sin mucha energía y se deja caer en la silla giratoria que acompaña, con el mismo desdén, el impulso de su orondo cuerpo.

Las agujas del reloj corren más rápido de lo que yo quisiera: “no hay presupuesto”, “no es el momento”, “es más barato de lo que tengo”, “tengo mejores ofertas”. El desarraigo de mi interlocutor nace de su propia desesperación y anclaje a su puesto de responsable de compras. Es de los que está, de momento,  dentro. Sin pancarta.

Déjame esto y le echare un vistazo dice mientras recoge mi dossier corporativo. Cierro la visita y mi maleta con un lacrimógeno le llamaré. Recojo la tarjeta de visita, le miro de soslayo y me apresuro hacia la puerta de salida.

De repente algo llama la atención de la austera sala donde habíamos estado reunidos por espacio de diez minutos. Un pequeño jarrón situado en una esquina sobre un pedestal al lado de la puerta de salida. Una imitación de aquellos jarrones ilustrados de la Grecia clásica. En él aparecía un guerrero griego en posición de lucha.

Es un jarrón recuerdo de una visita del director general a Grecia. Lo compró para casa, pero no le gustó a su mujer y ha acabado aquí. Masculló mi aburrido anfitrión  al ver que detenía mi mirada en la desubicada cerámica.

Sonreí agradecido por la explicación  y cuando me dispuse a estrechar su mano creí ver en el guerrero del jarrón griego  a Leónidas, el rey de Esparta; que arengaba a sus hombres antes de dirigirse al combate contra los persas al grito de ¡Espartanos!

Bajé la mano que ya estaba a punto de rozarse con su contraria, cerré la puerta que ya tenía medio entornada para la salida y  me volví al jefe de compras:  “Disculpe un momento, no he terminado la entrevista, olvidé comentarle algo. ¿Tiene otros diez minutos?” Me miró aturdido: Ya le he dicho que… Si lo sé, -interrumpí – que no es el momento y, sin embargo, creo que me va a agradecer estos otros diez minutos mucho más que los diez primeros. Le mire con gesto decidido y con seguridad. Dudó pero accedió y contrariado  me invitó a sentarme de nuevo.

-         Veamos Sr. Lopez, estaba pensando por qué en realidad nos hemos reunido hoy.

Lopez, aún desconcertado,  acertó a decir  que es su trabajo y que bueno, que para eso está.

-         Y, a nosotros, ¿cómo nos ve?.Continué con semblante de máxima curiosidad.

-         Bueno tengo una ligera idea de ustedes, he oído que son serios y también un poco caros. Pero oiga ya le he dicho que…

-         Sí, lo sé –interrumpí de nuevo- No se preocupe que cumpliré los otros diez minutos prometidos. Continué con decisión:  Usted es un jefe de compras y yo un comercial. Dígame, cuando pase esta coyuntura económica global y la que particularmente sufre su empresa. Cuando llegue ese día, si usted y yo  nos pudiéramos entender ¿en qué nos entenderíamos?

El Sr. Lopez me miró fijamente a los ojos, le sostuve la mirada paciente y empezó a hablar tranquilamente de lo que sería su empresa si las cosas fueran como antes o, lo que es mejor,  si las cosas fueran como en un futuro le gustaría a él que fueran.

Anoté cuidadosamente los puntos más interesantes y vi que tenía posibilidades con “mis caros productos” de satisfacer sus necesidades.

-         Señor Lopez. ¿Si yo tuviera producto para satisfacerle a usted en esas necesidades que me manifiesta y éste se pudiera adaptar a la coyuntura actual, podríamos analizarlo?

Lopez me miró perplejo, se incorporó sobre la mesa, cruzó las manos delante de mí y seriamente me dijo:

-         Tiene que mejorar lo que ya tengo  para empezar a hablar.

Me incorporé yo también, le seguí la mirada de manera serena y  mascullé:

-         Déjeme al menos que lo intente.

Sonrío entre sorprendido y expectante, abrió las manos y dijo:

-         En fin, veámoslo.

De soslayo miré al jarrón griego, el guerrero que en el aparecía me miró, me guiñó un ojo, levantó su lanza y gritó ¡Ajú!, ¡Ajú!..

O, al menos, eso me pareció ver.

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