La coleccionista de tapones
// Septiembre 26th, 2011 // Uncategorized
Ocurrió en Bilbao, hace casi un par de meses. Yo de boda. La de mi cuñado pequeño que le dio por emparentar con una morena del Bocho. Y allí que nos fuimos. Boda de alto copete decidió mi nueva cuñada. En Begoña. De chaqué y eso. Y yo, que me nombraron testigo, por aquello del protocolo no pude librarme del disfraz de pingüino. Ahí estaba en pleno agosto con más capas de ropa que Heidi cuando llegó por primera vez a casa de su abuelo.
Y en esto llegó el baile. Mientras buscaba mi gintonic -que había despistado tras sonar los primeros acordes del Waterloo de Abba y desmelenarme en la pista de baile-, topé con un matrimonio de lugareños que, con indisimulado acento vizcaíno, juraron ser íntimos amigos del padre de la novia. Y ahí que nos pusimos a hablar de cosas banales hasta que no sé cómo, la conversación derivó hasta un punto que logró arrebatar a intrascendente su primera sílaba. Fue cuando me entero que no han tenido una vida precisamente fácil ya que, su pequeño hijo Iker, de unos diez años, nació con un problema de los gordos: tiene espina bífida. O sea que en puñetera silla de ruedas toda la corta vida que lleva y que llevará.
La cosa es que para que el chico tenga menos problemas de salud y tenga un mejor desarrollo, necesita una silla especial que le permita ir de pie en la misma. Una especie de exoesqueleto que, como uno puede imaginar, no es nada barato y no tiene cobertura de Seguridad Social.
Y mira por donde me cuenta el esforzado matrimonio que, para conseguir financiación para pagar el exoesqueleto, se les ocurrió la idea de coleccionar tapones de plástico de los que su utilizan para cerrar las botellas de agua y de cualquier refresco. Y se les ocurrió porque había quien les pagaba por ello y porque tenían claro que no querían ir de limosneros. Es decir, la silla había que ganársela. De hecho rechazaron la oferta de un generoso empresario andaluz que les prometió ingresar en cuenta el valor de un tráiler cargado de tapones. No querían dinero, querían tapones.
No aguanté más y me lancé a buscar entre los pingüinos a Isabel, la mayor de mis hijas. Y es que durante todo el curso pasado estuvo haciendo labor de evangelización en la familia para que ni un sólo tapón acabara en el cubo de la basura de reciclaje de plásticos. Los tapones, nos decía, eran para ayudar a un niño de Bilbao que tenía no sé cual enfermedad y en el cole los recolectaban. Me metí en internet para ver qué había de cierto en ello y la verdad es que había unos cuantos enlaces que afirmaban de lo inútil del empeño en ser coleccionista de tapones. Que no había tal niño y bla, bla,… Haciendo caso omiso a los malos agoreros, nos dijimos que al fin y al cabo no costaba nada hacerlo. Y así nos pegamos el invierno, involucrando a vecinos y abuelos en la caza del tapón perdido. Cada lunes, Isabel, iba al colegio cargada con una bolsa a modo de contenedor de su preciado botín de plástico.
Cuando presenté a mi hija a los padres de Iker en la boda y les dije quienes eran y que gracias a sus tapones Iker ya podía tener la supersilla, mi pequeña rompió a llorar de alegría y se fundió en un abrazó con Susana y su marido –maldita sea, no me acuerdo de su nombre- en un rato que se me hizo eterno de bonito. Me olvidé del gintonic, de lo ridículo de mi vestimenta y hasta de los versos de los diecinueve días y las quinientas noches de mi apreciado Sabina que en ese momento me empujaban a la pista de baile.
Y así hoy puedo gozarla viendo las fotos de un Iker sonriente en su flamante nueva silla que, vía email, Susana, su madre, me ha mandado. Y así es como también mi hija Isabel ha presumido en su cole de ser la que tiene las fotos de Iker. Y así es como en el cole, los profesores, han enseñado esas fotos en todas las clases donde se han recogido tapones para regocijo y aplauso de todos los niños de primaria que han visto cómo su trabajo ha servido para que un chico de rizos de angel de Murillo, ojos y mirada transparente y, por supuesto, del Athletic; esté a la altura física de los chicos de su clase y “camine” erguido por las simpáticas y únicas baldosas de las aceras de Bilbao.
Y todo ello gracias a unos pequeños recolectores de tapones repartidos por las españas que se empeñaron en mejorar la vida de Iker pese a los prejuicios de sus padres que dudamos de todo sencillamente porque la diosa internet nos pide que lo hagamos. Niños que creen que este mundo puede ser mejor y que la ayuda que no se manda es la que no llega. Y eso que no era dinero. Eran sólo tapones.
Total que ese día en Bilbao, acabé siendo el pingüino más feliz de la boda y probablemente del mundo.

No sé qué edad tendrá tu hija Isabel,pero estoy segura de que esto es algo que le marcará muy positivamente en su vida…bastante más que si hubiera conocido al Justin Bieber (o como se escriba) o a cualquiera de esos mamarrachos que andan por el mundo “marcando estilo”…no crees?
Este es el lado aún más humano de Mii Maestro!
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Me parece alucinante las coincidencias… Estoy seguro que Dios (otros lo llaman el destino) quiso que Isabel conociera a los padres de Iker, y que así “palpara” la recompensa (para Iker y para l@s chic@s del cole) del esfuerzo que a veces parece inutil…
Esto le dará fuerzas para otros empeños en los que trabaje: ahí estará su padre para orientarle y ayudarle a no perderse en todos los empeños del mundo…
Un abrazo Maestro!
Larga vida al Rock’n'roll…!
La ayuda que no llega es la que no se manda, si señor. Si todos funcionáramos con la fe y la determinación de los más peques, nos iría de otra manera, pero ahí estamos con nuestras dudas, nuestra desconfianza, ¿qué nos pasa a los adultooooos?…. Gracias Mii
me ha gustado Miguel..son esas cosas de la vida que nos hacen relativizar otras tantas para centrarnos en lo que realmente es importante…y ser un poco más felices..y que no nos amargue un traspiés en el trabajo, la cantidad de cosas que tenemos que hacer y no llegamos..en fin, que gracias por recordárnolo en este lunes con esta historia tan bonita.
Hola Miiguel
Felicidades para tí, y sobre todo para tu hija.
Saludos
Gracias de nuevo al hombre que puso patas arriba la wii! Gran historia verdadera y próxima que me hace mantener la confianza en los valores de la educación. No solo entrenas vendedores por lo que veo, tienes un centro de alto rendimiento en casa!
Y es que el mundo está lleno de coincidencias y de lecciones que debemos aprender (o recordar) cada día para seguir adelante y no perder el rumbo, reconociendo que todos nos necesitamos. Como dice Xavier Verdaguer: “hemos venido al mundo para ser felices”.
Y este artículo me ha traído al recuerdo una pequeña historia que me contaron hace un tiempo: Dos ratones que caen a un bote de aceite. Ante una muerte segura, uno de ellos se rinde ante las pocas o nulas posibilidades de sobrevivir, y, por lo tanto, muere. El otro, haciendo honor a su capacidad de resiliencia, comienza a nadar con sus pequeñas patas todo lo rápido que puede con el afán de salvarse nadando. Tanto empeño pone el pequeño roedor que logra que el aceite se solidifique y convierta en mantequilla, pudiéndose salvar. Gran lección de coraje, determinación y confianza, no os parece?
Lo cierto es que, en este mundo tan envenenado, muchas veces perdemos esa inocencia propia que todos tenemos, o deberíamos tener. Y lo que está claro es que el mundo cada vez es más pequeño, por lo que la teoría del caos, lejos de ser algo puramente científico, es lo que ahora llamamos “globalización”, y no es otra cosa que eso: toda acción tiene efectos.
Muy buen artículo Miguel. Seguro que Isabel recordará esto para toda su vida.
Salu2
Sin palabras Miguel. Cuánto hemos de aprender de nuestros hijos!!
Bien por Bilbao, no? Buena le ha caido a tu cuñaooooo…
Quiero porfavor que me den el nùmeo de telefonos para llamar , para que lleve los tapones allì &asì me quedo tranquila.Porfavor que esque soy de un pueblo de Huelva , Cumbres Mayores Y està muy lejos. Gracias