Sam Rogers llora a su perro en Margin Call
// Noviembre 13th, 2011 // Uncategorized
Toca hablar hoy de cine de estreno. Reconozco mi debilidad por el cine americano de los años ochenta y noventa de la anterior centuria. Para mí es una gran época y explico por qué: en ese tiempo se hizo el mejor cine que conozco. Todavía había grandes historias por contar y los medios técnicos que había para hacerlas no estaban nada mal. En cambio, antes de esa época, lo que podíamos denominar época clásica, había no grandes, sino enormes historias, pero pocos medios técnicos. Seguro que si Willy Wider o John Ford, por nombrar a dos de los grandes, hubieran contado con los medios de los que han gozando y gozan los Scorsese, Spielberg o Cameron; el resultado hubiera sido increíble.
En el cine del siglo XXI, en cambio, lo normal es encontrarnos con los mejores medios técnicos pero con historias mucho más pobres. Cada vez es más difícil hacer un gran guión. Hoy mismo, mi amigo Álvaro -haciendo el footing mañanero de cada domingo-, me comenta que, desde aquella huelga de guionistas de Hollywood de no hace mucho, no sale gran cosa de su sesudas mentes. Quizás tenga razón, el talento se ha ido a la mejor pagadera televisión o definitivamente se ha ido para siempre por falta de historias interesantes que contar.
El caso es que ayer a última hora de la noche me enfrenté a “Margin Call”. Película dirigida por J.C. Chandor y protagonizada por algunos de los grandes como Kevin Spacey o Jeremy Irons. También, Demi Moore –actriz menor, sin duda-, y un Paul Betanny en un papel principal para el que seguramente cualquier otro actor le hubiera sacado mejor partido.
Narra lo que pudieron ser las últimas horas del Lehman Brothers aunque claro, sin mentarlo. De hecho no se sabe muy bien de qué banco o sociedad inversora se trata. Es lo de menos. Podía haber sido una excelente película de actores pero se queda en el intento. Una pena de guión, va a saltos y sólo pequeños momentos merecen la pena. Para mí dos muy concretos: las dos escenas en la que Sam Rogers (Kevin Spacey) aparece con su equipo y, en segundo lugar, la primera reunión en la que John Tuld ( Jeremy Irons) se reúne con el consejo de dirección de la compañía.
Sam Rogers está hundido. Pero no porque la compañía de la que es un alto directivo se va al garete tras acumular un montón de hipotecas basura, sino porque su perro se va a morir víctima de un cáncer de hígado. Sam ha destinado cada día 1.000 $ en la curación del chucho. Tras echar al responsable en gestión de riesgos de la empresa y a parte de su staff, –así empieza la película-, un compungido Sam se reúne con su equipo para comunicarles las decisiones a la vez de que trata de arengarles respecto al futuro aparentemente prometedor que les espera. El mensaje es el siguiente: Si están ahí todavía es porque son los mejores. Pero lo sorprendente no es tanto la notable elocuencia de Rogers en su discurso sino su método: Cada vez que comunica algo a su equipo, sean buenas o malas las noticias, empieza y termina la reunión con un aplauso que él mismo inicia y es seguido a continuación y –obligatoriamente-, por todos sus subordinados. Sam no necesita reuniones formales, le gustan las informales: en tirantes, con o sin corbata, con o sin camisa abrochada, con personas sentadas en torno a una mesa mezcladas con otras de pie sorbiendo una Coca-Cola con una pajita.
Muy distinto es el método de John Tuld -tengo debilidad por Jeremy Irons, ¡qué grande!-,
superior de Sam Rogers. John, presidente de la firma, es convocado a una reunión a las dos de la madrugada para hablar de los graves problemas que afectan a la compañía tras descubrir las pérdidas motivadas por los riesgos financieros adquiridos. Tuld es un tipo engreído, crecido, que no le vale con qué sepan todos que es el gran jefe; sino que en cada reunión, se siente en la obligación de sacar sus plumas de pavo real para demostrar que, si está ahí, es porque es el mejor. Sus reuniones son en torno a una mesa que él preside con la altivez propia del cargo. No es tampoco un jefe dictatorial pero si frio y calculador, lo que causa aún más respeto. Y es que al jefe bozeras y hitleriano se le adivinan sus debilidades ya que, como es sabido, no es quien más grita quien más razón tiene, al revés, suele coincidir ese perfil con una persona que, además de estar llena de complejos, tiene rasgos muy acusados de inseguridad y por tanto de inmadurez. Por el contrario al de ademán adusto, hierático y de sonrisa gélida –caso de John Tuld-, se le teme aún más. No grita, no arenga, simplemente impone. Y mucho.
John dice que, para llegar ahí arriba, a la alta dirección, es necesario o ser el primero, o ser muy listo, o engañar. Afirma que no le gusta la gente que engaña y que además conoce a los primeros, ya que de hecho son los que le rodean en el escalafón. Quiere saber entonces quién o quiénes son los listos, y lo descubre en la figura de un joven analista de inversiones llamado Peter Sullivan (un actor llamado Zachary Quinto que no creo que pase a la historia) quien ha sido quien ha descubierto el descubierto de la compañía –valga la redundancia-.
John Tuld gana 67 millones de dólares al año según nos dicen en la película. No está nada mal. Discutir a alguien con esa nómina –seguramente se asemeja bastante a la realidad-, si tiene razón o no, puede parecer osado pero sin embargo, en esa relación de los primeros, los listos y los que engañan, me falta un perfil que yo añado: el de los buenos. Los buenos no serán los primeros, ni los más listos ni los que engañan. Simplemente serán buenos profesionales, quizás no lleguen a ganar esos dinerales pero sí son suficientemente buenos y probablemente más honrados. Ese perfil de profesional no encajará seguramente en la compañía de John y de Sam, ahora bien, dudo mucho que, una vez visto lo que en una empresa de esas características se cuece, alguien quisiera trabajar allí.
Sin desvelar el final de la película diré que me encanta la metáfora final de la misma. John le dice a Sam Rogers–no literal, que son anotaciones de butaca de cine de ayer noche- que no se puede quejar con el trabajo que tiene que, al fin y al cabo, otros están cavando zanjas. A lo que Rogers responde que, al menos, los que hacen agujeros en la tierra, aunque pobres, ven el resultado de su trabajo. Y luego viene -ligada a esta frase-, la última escena del film, donde Sam nos muestra lo desgarrado de su vida.
Como decía mi abuelo, los ricos, a su nivel, también son pobres.

Me gusta esa cuarta categoría! …Los Buenos…
mmm.
Y los de Bilbao? Extra-superior no?
Uno de los grandes problemas de cualquier directivo hacia sus superiores es que, por lo general, no saben responder “no”. Y sobre todo me refiero a esos “buenos”; los buenos sin apoyos no llegan a destacar, y, por lo tanto, las cosas buenas que llevan dentro no se ven plasmadas.
Trasladadlo a la política…
Posiblemente ahora estemos pagando todos esos excesos de sueldos astronómicos. Y seguro que más de uno se está llenando los bolsillos a costa de que la prima de riesgo de España esté en niveles que requieran el rescate del país…. En fin, que yo también me quedo con la cuarta categoría “Los buenos”, que hacen que el sistema sea sostenible…..
Salu2